Escuchando entrevistas de personas jóvenes que han alcanzado el éxito o al menos la fama muy pronto hay algo que se repite una y otra vez. La importancia de conocerse a uno mismo antes de que el ruido lo invada todo. Antes de que las voces externas pesen más que la propia.
Porque tanto los elogios como las críticas pueden desorientar. Los aplausos inflan el ego y los ataques lo erosionan. Y si no sabes quién eres cualquiera de las dos cosas puede llevarte lejos de ti. Entender de qué es capaz tu ego es una tarea urgente. Puede impulsarte hacia metas individuales pero también puede hacerte perder el rumbo cuando lo que está en juego ya no eres solo tú.
Cuando tus objetivos empiezan a implicar a otros cambia el juego. Ya no basta con brillar. Hay que sostener. Cuidar. Escuchar. Ser resistente cuando las cosas no salen y empático cuando alguien falla. Ahí el ejemplo pesa más que el talento y la coherencia más que el discurso.
En ese punto la voz interior se vuelve clave. Esa voz que entrenaste cuando no ponerte el primero era difícil. Con la que negociaste cuando el ego pedía protagonismo y tú elegiste responsabilidad. Esa voz es la que te mantiene en pie cuando el éxito no llena y la fama no calma.
No conocerse deja un vacío peligroso. Un eco constante que te empuja a decisiones que no te representan. Y ese eco acaba dinamitando lo poco o lo mucho que hayas construido.
Conocerte no te protege del error pero te protege de perderte. Y en un mundo que grita sin parar escuchar tu propia voz es uno de los mayores actos de madurez que existen.






















