Espero que los resultados de las elecciones en Hungría nos dejen un mensaje claro. Que la década de polarización y radicalización empieza a agotarse.
Que quienes han querido enfrentar al mundo, convertir a unos países en amenaza para otros y alimentar conflictos por recursos, por personas o por cualquier motivo ajeno a la verdadera seguridad, empiezan a perder fuerza.
Sobre todo porque cada vez entendemos mejor algo esencial. La brutalidad y la deshumanización pueden excitar el miedo, movilizar impulsos primarios y dar réditos políticos durante un tiempo. Pero no construyen futuro. Son contrarias a nuestra naturaleza más profunda y también a la evidencia de nuestra propia historia. Lo mejor que hemos conseguido como sociedades no ha nacido del odio ni del aislamiento. Ha nacido de la cooperación, de la inteligencia compartida y de la capacidad de colaborar incluso en medio de las diferencias.
La política lleva tiempo recordándonos que el miedo cohesiona a corto plazo, pero agota. La amenaza constante activa, sí, pero también desgasta, embrutece y empobrece la mirada. Ninguna comunidad puede vivir indefinidamente desde la alarma sin perder humanidad.
Por eso hay algo esperanzador cuando una sociedad parece decir basta.
La esperanza está en comprobar, una vez más, que el ser humano todavía es capaz de rectificar, de reinventarse y de girar antes de estrellarse. Eso es lo que hoy me gustaría celebrar en Europa.
Y también entenderlo como un impulso.
No para conformarnos, sino para seguir avanzando hacia un proyecto europeo más integrado, más fuerte y más útil. Un proyecto que no se sostenga solo en la defensa frente al peligro, sino en la convicción de que juntos somos mejores que divididos.





















